¡Gracias, Mamá!
Marcos Galván, L.C.

¡Muchas felicidades Mamá! ¿Sabes? Hoy al despertarme pensé en ti. La verdad estaba muy preocupado, porque vi que no tenía nada para regalarte. Nada, pues me daría miedo que pienses que lo que yo te pueda dar –flores, un poema, una carta- no te diga lo que realmente te quiero. Cualquier regalo que yo te pueda dar hoy, no refleja ni de lejos el amor de un hijo hacia su Madre.

Ojalá fuera tan sencillo como decir gracias. Aún así, te lo digo con el corazón. Gracias, pues ya desde antes de que yo naciera, te di mareos y los primeros dolores de cabeza. Te pido perdón por las pataditas que te di, sé que algunas te dolían, pero ya sabes cómo soy de inquieto y no me aguantaba las ganas de ver tus ojos. Yo escuchaba tu voz cuando me hablabas, y eso me ponía muy contento. Ahora te puedes explicar porque me movía y saltaba de repente.

Por fin llegó el día en que nos vimos. Tú te pusiste muy contenta, sonreíste, y de tus ojos brillantes salieron algunas lágrimas.

Gracias Mamá, porque siempre has estado a mi lado. Gracias por las horas que pasé en tus brazos. Te doy gracias por las horas de sueño que perdiste al cuidarme. Por todas esas noches en las que te despertaba con mi llanto una y otra vez.

Gracias por tu paciencia durante mis años de infancia; por ese amor al que nunca pusiste medida; por todos esos momentos en los que, sin yo saberlo, estabas velando por mi salud y bienestar para que yo estuviese feliz.

Gracias por todas tus sonrisas, por tus caricias, por tus palabras. Cómo quisiera regresar en el tiempo y volver a escuchar todo el amor que con ellas me dabas. Ahora es cuando más valoro todo lo que me decías con tanto cariño, incluso aquello que a mí parecía exagerado. Pero nada es exagerado para el amor de una madre.

Gracias por lo jaloncitos de orejas. ¡Cuánto bien me han hecho en la vida! Gracias, porque muchas veces pude corregir el camino y seguir los buenos pasos que tú me señalabas.

Gracias porque nunca te has cansado de amarme. Sé que algunos días físicamente no podías más; parecía que se había colmado el vaso –y pienso que más de alguna vez lo hice- pero tu amor fue mayor. No hay nada que pueda superar el amor de una madre.

Mamá, ¡cuántos años han pasado! Los “gracias” que me faltan por darte son muchos, millones, tantos como los latidos de mi corazón, pues sé que cada segundo que pasa, tú sigues pensando en mí.

Y ahora viene lo más importante, el “gracias” más grande y sentido que te quiero dar. Gracias por haberme enseñado a hablar con Dios. Gracias a ti lo conocí. Tú juntaste por primera vez mis manos, y con tu ejemplo aprendí a mirarlo a los ojos. Viéndote rezar, escuchando tu voz dirigida a Dios, entendí que Él era lo más importante en la vida.

¡Gracias mamá! ¡Qué corto me he quedado! Te quisiera decir muchas cosas más, pero qué lejos se quedan las palabras cuando es el corazón quien habla. Mamá, ya lo pensé bien. Sí te voy a regalar algo el día de hoy. Te regalo lo que soy y lo que seré, porque sin tu ayuda jamás lo hubiera logrado. Te regalo mi oración que, aunque pobre, Dios la sabe hacer grande, ya que Él escucha el corazón y sabe que ahí va todo mi amor y cariño. ¡Gracias Mamá!




 
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