¡Qué elegante!
Sandra Estrada

¡Qué elegante!, suele decir la gente cuando alguien se presenta en cualquier otra cosa que no sea su atuendo regular. Como si la elegancia fuera un vestido que pudiera comprar y ponerme cuando la situación lo amerite...

Qué pena, pero a algunas de esas personas, aunque vistieran chaquira y lentejuela, se les tendría que decir: Nada más no abras la boca, no camines, no te muevas.... y todo está bien. Bien vestidos, quizá; bien portados, puede ser; bien educados, también; pero, ¿elegancia?, eso es cambiar de tema.

Creo que todos nos hemos topado con gente elegante alguna vez. La reconocemos por las exclusivas marcas con las que forra su cuerpo y los lujosos accesorios que porta día y noche. Tal vez las reconocidas marcas sean de imitación, eso no importa, lo importante es conseguirlas, aunque sea en rebatinga, para así verse elegante.

La sociedad de las apariencias... Como si las cosas fueran las elegantes y no las personas. Triste es encontrarse con personas elegantes quienes al abrir la boca dejan ver la vaciedad... o suciedad, de su interior.

¿Es eso elegancia? La elegancia, como toda virtud, no es apariencia, sino el reflejo de un interior en orden y armonía.

Cierto, ambos aspectos, interior y exterior, juegan un papel importante. Lo que parece olvidársele a la gente es que el exterior es incapaz de tocar el interior, mientras que una persona que se trabaja internamente, inevitablemente lo transporta a su exterior. Es éste quien configura a toda la persona. ¿O crees que el traer un arete en la nariz y otro en el ombligo, el pelo pintado de rosa y jeans rotos, habla sólo del exterior?

¿Habla de elegancia quien critica y juzga dañando la reputación de otros? ¿Atrae la persona que se queja constantemente, como víctima de innumerables problemas? ¿Transpira elegancia quien pierde el control en arranques de ira o se deja llevar por los sentimientos del momento?, ¿quién usa yo como palabra preferida?...

Miguel-Ángel Martí García, en su libro La Elegancia, describe esta virtud como el perfume del espíritu. La elegancia es ese aroma interior que una persona desprende cuando ha moldeado de tal forma su persona, que su sola presencia es placentera.

¿En qué consiste el ser elegante?

Díficil sería definirla pues si algo característico tiene es que es un sello personal, un estilo propio.

La persona elegante no se rige por la moda del momento o las opiniones de los más fuertes, tiene sus propias ideas, convicciones y motivaciones que guían y dan sentido a su vida. Además, estas motivaciones están siempre ligadas a la búsqueda de la Verdad, el Bien y la Belleza.

La elegancia atrae porque implica unidad en el carácter, armonía de personalidad, coherencia de vida. El impredecible, el incoherente, el borrego... ¿cómo podrían hablar de elegancia?

Elegancia habla de finura, de alta calidad. Finura que se lee en el pensamiento, se expresa en la palabra y en el trato, se percibe en la sola presencia. Finura que posee quien vive ubicado en la verdad de sí mismo y de los demás.

Ser elegante requiere de exigencia continua, de una mayor identificación con las propias ideas que con los gustos, preferencias, afectos y aficiones, que arrastran continuamente al ser humano.

Lejos de tener una opinión para todo, la elegancia prefiere callar y escuchar, comprender y aprender. No hace alarde de nada, sino que siempre discreta, deja una impresión silenciosa, aunque grandiosa. Lejos de ser simple, es sencilla a más no poder. No pierde la calma, es siempre serena... dueña de sí. Espontánea, mas no impredecible. Sensible a todo y a todos, abierta a lo nuevo y respetuosa. Mira a lo alto, abre horizontes, no muestra una cerrazón que habla de envidia e ignorancia. Inquieta siempre, social e intelectualmente, apasionada en el momento presente, constructora de un mejor futuro.

El mayor encanto de una persona no es su belleza física ni su personalidad, aunque ésta pueda arrastrar... Su mayor encanto, el que perdura, es el que transmite una persona elegante: elegante en sus modos, en la delicadeza de su trato, en la serenidad de su espíritu, en la claridad de su pensamiento, en la bondad de su corazón.

Esto rebota en un exterior atrayente, en gusto estético en el vestido, el adorno, el aseo personal, en la sonrisa, el vocabulario, la decoración.

Así como el hecho de tomar una manguera y disfrazarme de bombero está lejos de convertirme en uno, el ponerme mis mejores galas no me convertirá en una persona elegante. La elegancia no es algo a lo que se recurre en situaciones especiales, sino una manera de ser y de vivir.



 
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